domingo, 30 de septiembre de 2007

Domingo XXVI - 30 de septiembre 2007

Queridos amigos y amigas,
la gran esperanza de los creyentes es que la justicia de Dios no es como la justicia de los hombres. Porque la justicia de Dios es el punto de referencia del uso de la libertad humana. Dios tiene un proyecto sobre el mundo y sobre cada uno de nosotros. Y si nuestras opciones son contrarias a este proyecto, y no rectificamos a tiempo, la coherencia de Dios no nos podrá librar del camino de perdición que hemos escogido; mientras que, por el contrario, si nuestras opciones son fieles al plan de Dios, la coherencia de Dios nos acogerá con alegría y nos salvaremos.
Todo esto es lo que nos pone de relieve la parábola que nos presenta el evangelio de hoy.
La escena nos muestra un hombre rico (al que la tradición ha llamado Epulón, que, en realidad, significa simplemente banqueteador, ya que dice que celebraba esplendidas fiestas); y, a la vez, Lázaro, el prototipo del pobre bíblico. El rico vivía muy bien e ignoraba al indigente que se hallaba en el portal de su casa y al que ni siquiera le dejaban entrar en la sala del banquete para alimentarse de las sobras de la mesa.
Mueren los dos, explica la parábola, y la indigencia es cambiada en riqueza, y el lujo, en miseria. Así es la justícia de Dios.
Pero mucho cuidado con terminar aquí la parábola, como a veces se ha hecho. Si la terminamos aquí, pudiera parecer que se trata de una invitación al pobre a aceptar su situación en esta vida, a resignarse y cargar con su cruz, a no rebelarse contra la injusticia humana, y tranquilos que Dios ya lo arreglará en la vida eterna...
No.
La parábola continua y va dirigida a los cinco hermanos del hombre rico que viven, en este mundo, de espaldas a los pobres, y no hacen caso del proyecto de Dios, que es la justícia. No hacen caso de Amós (el profeta), ni hacen caso ni siquiera después de que un muerto ha resucitado (Cristo). Y es que el dinero deshumaniza tremendamente a las personas.
Cuando el Papa Juan Pablo II acudió a la ONU utilizó esta parábola, diciendo: es urgente traducir esta parábola del evangelio en términos de derechos humanos, y reaccionar...
Y es que en un mundo donde mil millones de personas viven por debajo del nivel de absoluta pobreza (que no disponen ni siquiera de un dólar diario para subsistir), no podemos decir que estamos actuando de acuerdo con el proyecto de Dios. Por eso, no podemos quedarnos insensibles.
Amigos y amigas, hasta la próxima semana. Manel

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